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Es como la gente que lleva años y años esperando que pase un cometa, ver una estrella o que suceda un eclipse. Esa ilusión de un niño de 3 años con su primer juguete, esa sonrisa que aparece en la cara, esa sensación en el estómago, en la garganta y en todo el cuerpo que te hace sentir vivo. Esas ganas locas de gritarle a todo el mundo alguna frase como: "¿Pero lo estás viendo?!?!?!" acompañada de esos escalofríos por el cuerpo, y esa sensación de completa felicidad y alegría. Estás eufórico, tienes ganas de explotar de todo lo que tienes dentro, de saltar, de dar vueltas, de tirarte al suelo y quemar las cuerdas vocales, de agarrar a alguien por los brazos y no dejar de moverle mientras dices algo como "Joder joder joder" donde cada letra va hasta el culo de entusiasmo, de alegría, de éxtasis, de locura. Y te dan arrebatos en lo que parece que la energía no te deja respirar y necesitas soltarla; te sientes la persona más feliz del planeta. Y de repente cuando todo se va... te quedas con cara de gilipollas feliz y sonrisa permanente; te sientas... y te sientes alguien afortunado, con suerte.
A algunos les hará falta ver un cometa, ganar un premio, que les toque la lotería o meterse mierda en el cuerpo. Yo soy mucho más simple, a mí sólo me hace falta ver a una persona.

Que bajen tus labios y me callen... sino empezaremos a silbar...
(Ya ves, soy un loco y son más de las tres, ya sé que está mal romper ventanas de un bloque para encontrarte y decirte "no habrá más reproches"...
Intento mostrarte que lo mío es real...)
¿Qué es lo más triste que recuerdas?
Todo este tiempo durante el cual no hay nada que ate la tristeza. Quiero decir que la tristeza es algo constante. Las canciones tapan la tristeza igual que el ruido tapa el silencio. Cuando las canciones se acaban vuelve la tristeza. Ir sentada en el autobús por la noche. El sonido de los televisores en verano que baja hasta la calle desde las ventanas abiertas, y la luz azul de esos televisores en las mismas ventanas, la estupidez de los domingos, organizar tu propia fiesta de cumpleaños, los regalos que no te gustan hechos con verdadera ilusión, dejar de sentirse maravillosa para sentirse normal, no beber, no tomar nada, estar como al principio, París, cuando desaparece la sensación de ser otra persona que se te queda al salir del cine, las conversaciones con el taxista, la desgracia o la suerte de la familia, tratar de dormir sólo sin estar borracho, los trenes de cercanías por Asturias, que nada se parezca a algo que has leído, tener que fumar mierda para sentirse durante unos minutos tranquila, para que la sensación de que desaparezco venga a mí. Lo peor es la tristeza. Arriba y abajo es mucho mejor que la tristeza, no importa lo violenta que sea la caída. Siempre será mejor.




Tengo los dolores que rezaría la cancioncilla más cutre del planeta, ese “verte cerca y sin embargo tan lejos”, aunque eso sólo lo sepamos nosotras. Tengo dolores de ya no compartir con ella esas comidas entre semana, porque el lunes está cerrado y vivimos en nuestro planeta, y un día decidió dejarlo para el martes, y ese martes se pasó al fin de semana. Tengo dolores de ver que mis humores ya no le resultan tan graciosos, principalmente, porque no está junto a mí para escucharlos, ni podemos reírnos juntas. Y dolores tengo por todo lo que estamos pasando, aunque insista en que es lo que tenemos que pasar, que ella necesita ya otra cosa y yo, yo tengo muy claro lo que necesito (pero esto no va de necesidades, va de sentimientos). Que según ella lo que teníamos estaba ya en fase estancada, que nuestros karmas ya eran game over, pero nunca compartimos opinión. Cómo duele recordar cómo cantábamos canciones a pleno pulmón en días que sólo nos hacía (o me hacía, ya no lo sé) falta una mirada para respirar, cómo duele recordar las peleas de deseo entre las sábanas o las horas y horas que hemos pasado abrazadas en un colchón. Y quizá lo que más me duele de todo es la desaparición, no física, ni voluntaria: la desaparición del mote cariñoso, de los labios que he descrito o de las caricias en forma de verso; porque ya no quiere escuchar esos, mis versos.
"Quien dijo 'ojos que no ven, corazón que no siente' era un gilipollas"
Desde que he visto esa frase pintada en la puerta de un baño no he parado de darle vueltas, y quien lo escribió no sé si era un gilipollas o no, lo que sí sé es que tenía toda la razón. Desde hace más de una semana estoy en un mundo a parte en el que una gota de agua puede empaparme el pelo, en el que si me tropiezo es como si me hubiese caído, en el que cuando no como estoy como si me hubiera muerto de hambre hace mucho. Me angustio por absolutamente todo y hace ya tiempo que no respiro con tranquilidad (que ya ni me acuerdo qué era).
Esta mañana me ha pasado algo... increíble. Me he puesto a llorar desconsoladamente porque (también) se había terminado el papel higiénico; otra cosa más que se acaba. Me he pasado un par de horas escribiendo sobre lo que dura algo (que no alguien), y todo lo que lo rodea, llegando a conclusiones utópicas. El siguiente día que se me termine el papel higiénico, lo subiré.
Ojalá, a veces, la vida fuera realmente un sueño cualquiera que puedo tener de madrugada, porque entonces volvería a ser feliz... volvería a sonreír cuando me asalta su olor y no partirme en dos, como pasa realmente, porque jamás pensé que nadie podría echar tanto de menos a otra persona como lo hago yo. Jamás pensé que se pudiera sentir tanto y a la vez sentirse tan vacía.
No dormir en toda la noche da mucho de sí; pero si todo lo que escribo me rompe, me desintegra, quizás sea mejor no escribir. Quizá sea mejor pasarse 43 minutos rompiendo hojas y hojas donde leo lo que no me gusta escuchar. Es cierto que las verdades duelen pero ya no sé si soy objetiva, si soy justa. Me soprende saber que a veces no lo soy conmigo misma, que me hundo fácilmente porque tiro piedras contra mi tejado. Anoche no lo fui; no fui justa conmigo misma. Me hice mucho daño y me he prometido que sería la última vez que lo haría, que sería la última vez que me atacaría con tanta mierda. Por eso me obligué a escribir la verdad hasta creerla. ¿Lo hice?
Que jodido es saber que un mal momento, al margen de lo importante ahora, puede absorberte y confundirte; puede hacerte pensar en soluciones debido a tanta mierda tragada anoche. Soluciones que escribo y tacho, que se corre la tinta por las palabras de mis ojos. Y miedo. Miedo por más de una puerta. Hasta por las rendijas minúsculas que desaparecen en la oscuridad.